Las drogas más bellas
    Que mi cuerpo me dio
    Respirando.
    Los soles más lumínicos
    Que el asesinato del yo
    Me dio.

















. Yo sí rompí el muro del espejo. 
y lo ví llorar.

hechicé presencias descarnadas,
sometí al profeta a confesar su abatimiento,
a la historia a hacer lo mismo con su ceguera.
Me puse en normativo.
Vi la lágrima antes de serlo.
Fijé entonces la génesis del sin sentido.
Juzgué al sabio, al dios,
al poeta.
Me hice Dios todo carne,
todo cuerpo 
y me obligué a confesar mi ceguera




    El viento sólo es aire apresurado
    y ansioso por llegar
    a ser aire

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